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La energía que usa cada célula tiene un nombre concreto: ATP (trifosfato de adenosina). Lo curioso es que el cuerpo apenas almacena ATP —le duraría segundos—; lo que hace es regenerarlo sin cesar a un ritmo asombroso. Por eso, más que un depósito de energía, lo que importa es la maquinaria y los precursores que permiten reponer el ATP tan rápido como se gasta. Bajo la etiqueta de precursores energéticos se agrupan las moléculas que alimentan o aceleran esa regeneración.
Para el esfuerzo explosivo, el sistema más veloz es la fosfocreatina: un depósito de fosfato de alta energía, cargado a partir de la creatina, que regenera ATP de forma casi instantánea en los primeros segundos de un sprint o un levantamiento. Es la base bioquímica de por qué la creatina mejora el rendimiento en esfuerzos cortos e intensos y, cada vez con más evidencia, también funciones cerebrales exigentes.
La mayor parte del ATP se produce en la mitocondria, en la cadena de transporte de electrones, y dos moléculas son piezas insustituibles de ese engranaje. El NAD+ —derivado de la niacina y de precursores como el NR y el NMN— transporta los electrones que se extraen de los nutrientes; la coenzima Q10 los conduce por la membrana mitocondrial. Ambas descienden con la edad y con ciertos fármacos (las estatinas reducen la CoQ10), lo que ha alimentado el interés por suplementarlas como apoyo del metabolismo energético, sobre todo en tejidos muy demandantes como el corazón y el músculo.
El propio ATP se construye sobre un azúcar de cinco carbonos, la D-ribosa. En condiciones normales el cuerpo la fabrica sin problema, pero en situaciones de gran demanda o de daño (isquemia cardíaca, esfuerzos extremos) la reposición del pool de nucleótidos puede ser lenta, y por eso la ribosa se ha estudiado como precursor para acelerar la recuperación del ATP. Su papel es más de nicho que general, pero ilustra que hasta el esqueleto de la molécula de energía tiene su precursor.
Por debajo de todo están los combustibles: glucosa, ácidos grasos y cuerpos cetónicos, que se oxidan para alimentar la cadena mitocondrial. Convertir esos sustratos en energía requiere un enjambre de cofactores: las vitaminas del grupo B (B1, B2, B3, B5), el magnesio —que forma complejo con el propio ATP para que sea utilizable— y el hierro de la cadena respiratoria. Sin ellos, ni el mejor sustrato rinde. La energía, como el resto de precursores, es un trabajo de equipo entre materia prima y herramientas.
Información divulgativa, no consejo médico.